Puede que te resulte familiar la imagen de portada: es la Catedral de Santiago de Compostela. Y en muchas ocasiones esa fotografía implica que quien o quienes aparecen en ella han acabado el Camino de Santiago. O con selfie, o con foto normal (de las de toda la vida). Pero en ésta, sin embargo, no aparece nadie. Me parecía pretencioso aparecer en la foto sin merecérmelo. Y así arranca Actívate! 3.1, una nueva temporada del blog, y con ella la Historia Personal de una «derrota». En este caso, la mía.

OPORTO

Partí desde Madrid un domingo 5 de agosto por la noche, con el macuto a cuestas, el sombrero de mi padre, y el deseo ferviente de dormir lo suficiente en el autobús para no arrastrar la falta de descanso los días siguientes. Después de un viaje que podría calificar como medio-bueno, llegué a mi primera parada: Oporto. Un lugar precioso, con la neblina mañanera característica de los lugares de costa, y con unos portuenses que supuse tendrían unas piernas de roble. Vaya subidas y bajadas. Y solemos decir que Madrid no está hecho para la bici. Oporto no está hecho ni para el coche. Toda la mañana disfrutando de la ciudad, parada para nutrirme de forma más o menos healthy, y a las 16:30 autobús hasta Tui, lugar de partida de uno de los Caminos; en este caso, el portugués.

Puente en Oporto

SIN CHINCHES NI DUCHAS COMPARTIDAS

Iba con la idea de improvisar buena parte del Camino. Mi hermano me había dicho que no era necesario reservar en los albergues porque los parroquiales y los públicos reservaban por orden de llegada ese mismo día, y para eso yo tenía mi mejor remedio: no hacer etapas muy largas y madrugar. Nunca se me han caído los anillos por poner el despertador a las 5:30 (Burguis y yo lo hacíamos sin reparo para entrenar a las 6:00 en su salón). Pero el primer día llegué a Tui a las 19:00, un lunes de agosto, y como consecuencia (lógica) no quedaban plazas. Primera caminata de tres kilómetros para ir al pueblo de al lado y acabar durmiendo como un marqués, para mi sorpresa, en un hotel de tres estrellas. Si se supone que el Camino iba a conllevar chinches en los albergues (de eso me habían advertido), duchas compartidas, y un duerme-vela constante, yo arrancaba en cama de matrimonio, baño exclusivo para mí, aire acondicionado y televisión. Tras una buena noche de descanso, a la mañana siguiente empecé motivado, con el silencio absoluto de la noche gallega, y con una temperatura ideal. Por delante 24 km de etapa sumados a los 3 que ya llevaba desde el pueblo donde me había hospedado. Tras tres horitas de Camino coincidí con Magda, una profesora madrileña de 40 y pocos, que trabajaba en Italia, en el que ya era su duodécimo Camino. Otras tres horas por delante caminando con ella, aprendiendo de su experiencia, y a la mitad del camino, «parada-pies».

Arroyo en O Porriño

«PARADA-PIES»

En palabras de Magda: “Lo más importante del Camino es que cuando ya lleves unos 10-12 km, en el primer arroyo que te encuentres, te descalzas, te metes hasta las rodillas durante 10’, descansas otros 10 para secarte, y sigues caminando. Hazlo y ahora me cuentas lo que se siente”. Pensando en mis básicos conocimientos de crioterapia de todos estos años en el deporte, supuse que me vendría bien, pero que el resultado no iba a ser demasiado relevante. Pues bien, en 10’ el agua me borró de las piernas, literalmente, los 15 km que llevaba a mis espaldas. Increíble. El “te lo dije” de Magda fue mucho más que bien recibido. Continuamos otros 13 km, pasando por la ciudad industrial de O Porriño, y acabamos parando en Mos, un pueblo pequeño con una vistas maravillosas que lo hacían perfecto para el descanso.

Fuimos los dos primeros en llegar (pensé “cuánta razón tenía mi hermano”), junto a unas auditoras de Barcelona, con las que habíamos coincidido varias veces a lo largo de la mañana. Tras comer, estuvimos toda la tarde los cinco juntos (como si nos conociésemos desde chiquititos), yendo a visitar el arroyo del pueblo (de nuevo «parada-pies»), hablando sobre universidad, trabajo y política (sí, dos madrileños charlando de política amigablemente con tres catalanas, declaradas abiertamente independentistas), y al caer el sol (21:30 aproximadamente), un buen libro y a dormir. Alarma a las 5:30.

Monte en Mos

SEGUNDA ETAPA

Después de llevar una hora «medio-despierto» (algunos anglosajones del albergue habían partido a las 4:00), me levanté de la cama a la hora que me había puesto el despertador, descansado, motivado, y con la confianza de estar haciendo lo correcto para encontrar hospedaje en Pontevedra, el que esperaba fuera mi lugar de parada para ese día. Me despedí de la madrileña y las auditoras (se despertaron justo cuando yo me iba) pensando que aunque no nos viéramos ese día, íbamos a hacerlo más adelante en las otras etapas. No he sabido de ellas desde entonces, y posiblemente no vuelva a saber jamás. Lo maravilloso del Camino. Tras 18 km en soledad llegué a Redondela, donde me topé con un cerro ligeramente escarpado lleno de bastantes Peregrinos. Seguimos (ya en grupo aunque sin hablar con nadie) por un llano paralelo al río durante otros 10 km aproximadamente, y llegamos a Pontevedra. Las piernas iban con cansancio y dolor moderados; un 6 sobre 10. Nada que no se fuera a solucionar en las siguientes etapas con el descanso y la «parada-pies» de Magda. Y justo aquí comienzo la Historia: ese mismo día acababa durmiendo en el autobús de vuelta a Madrid, no sin antes haber pasado por Santiago para ver la Catedral. Lo que se suponía que iban a ser cinco etapas de unos 25 km, acabaron siendo dos.

VICTORIS

A las 17:00 de ese segundo día de Camino cogí un tren a Santiago desde Pontevedra. Había cambiado el billete para Madrid del sábado a las 21:30 por el de esa tarde a las 21:30. Es curiosamente de las pocas cosas que llevaba planificadas, y en ese momento lo que quería era justo no haberlo cogido con antelación. Sin embargo, con el 2% de batería de mi iPhone pude hacer el cambio fácilmente. Tren de media hora, y llegada a Santiago con el ánimo no demasiado bajo, pero lo suficiente como para que el doble Kebab esa tarde me ganara la batalla; total, no iba a ser la «derrota» más importante del día. Tras llegar a la plaza, pensé en dejar el teléfono a algún Peregrino para que me tirase la foto habitual de Yoga en posición invertida formando una V con las piernas, la misma que me hago en la mayoría de los sitios a donde voy. Mi chica dice que resulto pesado a veces; ella suele ser la fotógrafa =). Pero decidí que no, esa V representa mi nombre, que procede del latín victoris, u “hombre victorioso”. No la victoria del que consigue algún reconocimiento externo, sino la misma que representa la corona de laurel, la de aquel que se ha vencido a sí mismo, y esa misma mañana el Camino me venció a mí. Si quieres descubrir por qué la palabra derrota en el título aparece entre comillada, sigue leyendo la segunda parte el jueves de la semana que viene =).

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  1. Ostras Víctor, yo los he visto este verano que por cierto podríamos haber coincido, y sus caras eran de sufrimiento. Voy a leer la segunda parte.

  2. Amigo, Gran texto. Sólo un apunte: como ex-senderista y tras varias caminatas, entre ellas el propio camino y la WHW en Escocia, te diría que parar a los 10km es un suicidio emocional. Pero para gustos, colores. Esperando el siguiente capítulo. Abrazo

    • No sé si es un suicido emocional. A mí me funcionó, y ella decía que era absolutamente clave. Gustos. Un abrazo.

  3. Hola majo.me parece genial tu caminata.Dioni nunca se paraba a relajarse los pies en el agua. La experiencia ha sido Buena.Nos alegramos.Un fuerte abrazo y ánimo. El partió de Tuy hasta Finisterre,creo te lo comentó.Un abrazo desde la piscina de niña pueblo.Villoria(Salamanca)

    • Francis! Me lo comentó Beni pero después de haberlo hecho, en la boda hablé con Dioni pero no salió el tema. Gracias por el comentario.