Muy pocas veces había usado el rascador de hielo del coche antes de empezar con ella, pero desde entonces, los días de frío, se convirtió en algo rutinario. El problema era que yo siempre tenía el tiempo justo para despertarme, lavarme, preparar la bolsa de entrenamiento, y estar cuatro o cinco minutos antes esperando al lado del portal a que encendiese la luz de la cocina, justo unos breves instantes previos a que asomara la cabeza por la ventana y volviera a entrar para abrirme la puerta del portal. Normalmente esperaba desde la calle, aunque a veces lo hacía desde el coche. Abría el maletero, cogía las kettlebell de 8, 12 o 16 kg, y un minuto después ya estábamos en el salón, junto a papá melón (como llamábamos cariñosamente a la de 24 kg) y sus dos bebés: la de 6 y la de 10. La mayoría de las personas aún andaban en sueño REM, y nosotros dos estábamos a las 6:00, puntuales, preparados para entrenar.

Una lesión de rodilla y un sueño que recuperar

Nos vimos por primera vez en un bar un lunes de diciembre a unos pocos minutos de su casa. Contactamos a través de un amigo común de mis años en el basket, y como yo llevaba los deberes hechos ya conocía su problema: una condromalacia rotuliana moderada-grave que le había llevado a dejar el running, la única actividad deportiva que verdaderamente le hacía disfrutar, y aquella que le permitía evadirse en su propio yo. En ese mismo bar intenté resumirle las dos o tres claves para poner estable y fuerte una pierna con esa lesión (si es crónica es difícil de revertir), y qué es lo que íbamos a hacer si empezábamos a trabajar juntos. Dos veces por semana entrenaríamos de 6:00 a 7:00, además de los entrenamientos que ella tendría que hacer los fines de semana: o bien en casa, o en el gimnasio que justamente estaba a unos pocos metros de aquel bar. El objetivo, un sueño por recuperar, reflejado en la foto que me envió por Whatsapp unas semanas después.

El pequeño gran abismo entre la teoría…y la realidad

Sinceramente llegué a pensar que iba a estar corriendo a principios de verano, es decir, en unos seis meses a partir de la fecha. Pero las cosas no son siempre como uno quiere: la intensidad de las sesiones iba subiendo aceleradamente, pero la rodilla seguía dando guerra. A eso se le sumó la tendinosis en el Aquiles de la otra pierna, que le llevó a visitar a un buen fisioterapeuta, otro viejo conocido mío del basket, Víctor del Castillo, y más adelante a Daniel de la Serna del IEPNI, para ver si era un problema de alimentación. Y en medio de la noria que supone padecer una lesión crónica, donde unas veces estás arriba y otras abajo, seguíamos intentando solución al problema. Llegó 2017, y esta vez sí, los primeros kilómetros. Si os soy sincero, creo que la gran mayoría de las veces me mentía cuando después de correr me decía que no tenía dolor. Y yo lo sabía. ¿Pero? No entrenamos sólo para tener un cuerpo más saludable, o más fit. Todos (y me incluyo) entrenamos para ser un poquito más felices, y ella corriendo lo era.

6:30 de la mañana

Llámalo como quieras: tesón, perseverancia, resiliencia, o echarle pelotas al asunto. Al final el resultado fue éste.

Mª Ángeles, o mejor dicho, Burguis (como la gusta que la llamen), junto a su querido «Puto Tarado» (Personal Trainer), cruzando la meta de la carrera popular de 5 km de Moratalaz.

Más que una clienta era una amiga. La veía más que a mis hermanos y pasé con ella unos 10.560 minutos (para dramatizar, que queda bonito); unas 176 horas. En alguna de ésas llegó a vomitar, y en otra, salir de fiesta la noche anterior, dormir 2-3 horas y ser tan profesional de no decirme ni «mu». Y yo sin saberlo (me enteré unos meses más tarde de ambas situaciones) no aflojé el nivel: ese día tocaba sesión de la buena. Igualmente, ocurriera lo que ocurriera, nunca se le borró la sonrisa de oreja a oreja en cada uno de los minutos que entrenamos juntos.

La vida da muchas vueltas, y en una mañana de junio me dijo que ya no podíamos continuar. Con casi lágrimas en los ojos (ahora no estoy dramatizando) entrenamos por última vez y nuestra historia se acabó. O al menos, la de entrenamiento, porque de vez en cuando seguimos viéndonos para desayunar té, como la primera vez.

Y aunque media hora más tarde de la habitual, allí estábamos los dos, en el salón de su casa, a las 6:30 de la mañana.

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